Bélgica y algo un poco bueno del cambio climático

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Todos conocemos Bélgica por su increíble variedad de cervezas de gran calidad, que incluye desde las cervezas clásicas de gran bagaje histórico hasta grandes marcas, pasando por muchas cervezas innovadoras, resultado de la capacidad única que tienen los belgas para continuar inventando nuevas cervezas.

Pero se conoce menos que, en Bélgica como en Inglaterra, la cerveza fue el único remedio que les quedó a los monjes cuando el clima se hizo demasiado frío para mantener viñas, pero que hasta el siglo XV todas las grandes villas belgas presumían de sus viñedos. Pero cuando llegaron los fríos, mientras que en Priorat y Borgoña los monjes se dedicaban a hacer grandes vinos, los monjes trapistas belgas alcanzaron el cielo con sus cervezas.

Otro hecho bastante evidente cuando se visita el país es el magnífico mercado belga de vino. Por un lado, el belga reconoce y paga la calidad. Es por ello que las grandes regiones francesas de vinos de alta gama, St. Emilion, Pomerol, Borgoña, encuentran en Bélgica su mercado más fiel.

Por otro lado, los belgas no están emocionalmente vinculados a ninguna región, son curiosos y  aventureros. Gracias a ello, en Bélgica se encuentra cualquier vino, desde las marcas más internacionales a los vinos de proveniencia más improbable, desde los clásicos más conocidos a los vinos naturales más revolucionarios.

El consumo per cápita de vino en Bélgica es muy superior al español. Pienso a menudo que el hecho que comprar vino en Bélgica sea más divertido que en España tiene algo que ver con esta situación. 

Quizás por sus orígenes cerveceros, el belga es sobre todo un apasionado de las burbujas. Según las estadísticas, cada belga de toda edad y costumbre se bebe cada año cuatro litros de vino espumoso. Y eso que las estadísticas no recogen el deporte nacional belga, que este que escribe de vez en cuando  practica, de escaparse a la vecina Champagne para traerse unas cajitas ‘duty free’ en el maletero del coche. No es que el ahorro sea muy grande, el impuesto belga sobre los espumosos es unos 2 euros por botella, pero es divertido.

Bélgica es el tercer mercado de cava exportado, después de Alemania y Estados Unidos. Pero el primer mercado del mundo, incluyendo España, en consumo por cabeza, aún más si se considera su extrema concentración en una región, Flandes. ¡Los seis millones de flamencos consumen más que los sesenta millones de británicos! Aunque la razón más probable del gran éxito del cava en Bélgica sea la relación calidad/precio, constato que el interés por el cava más ambicioso está aumentando.   

La producción vinícola de Bélgica

Bélgica parece demasiado al Norte para poder cultivar la viña, pero las apariencias engañan. Durante la Edad Media, hasta que avino la ‘pequeña glaciación’ del siglo XV, algunas zonas en torno a Lieja eran reputadas por su producción de vino, asociada come era el caso en las mejores regiones francesas a la labor hospitalaria de las ordenes monásticas.

Luego vino la cerveza, y en el siglo XX no quedaba prácticamente nada. Solo en 1997 se creó la primera denominación de origen belga, Hageland, seguida en el 2000 por Haspengouw y, en 2004, Côtes de Sambre-et-Meuse. Pero todavía en 2004 la producción era bajísima, 1400 Hl, casi en su totalidad a partir de variedades selectas por su resistencia al frío más que por su potencial cualitativo. Ahora estamos hablando de producciones en torno a los 5000 Hl.

En el siglo XXI, la conjunción de la sed belga de vino, las mejoras científicas en la viticultura y el cambio climático han permitido una pequeña revolución. Por un lado, el vino es un producto que alimenta el orgullo nacional. A poco que se haga algo decente, toda una población lo defiende con ardor. El lector español entiende perfectamente este hecho.

El orgullo nacional anima a que se produzca vino allá donde gusta, a pesar que los costes y dificultades sean más grandes que en otros países. Además, el hecho que los consumidores estén dispuestos a pagar más por un vino propio es un buen aliciente para invertir más en el viñedo, como es el caso en Bélgica.

Y, finalmente, el clima ha cambiado, es mucho más templado, con veranos más largos y una mayor frecuencia de veranos y otoños soleados. Hace poco pude participar en una degustación profesional de la práctica totalidad de los vinos comerciales belgas, unos 90, y hacerme una idea bastante precisa de los puntos interesantes de este país.

Hay todavía una mayoría de vinos provenientes de variedades como solaris, bianca, johanniter, bronner, reichenstein, schonburger, rondo, regent y otros nombres tan poco atractivos como estos, casi todos ellos de proveniencia alemana, cuyo mayor mérito consiste en producir uvas con azúcar en climas bastante duros. Otras variedades creadas más recientemente, como acolon, pinotin o cabertin, generan en cultivos cuidadosos unas calidades interesantes para los nacionales y para curiosos impenitentes.

Los mejores vinos belgas

Lo que me hace escribir este artículo son los primeros vinos de calidad internacional que produce Bélgica, que comento en un crescendo de interés.

Comienzo por los tintos, en los que de forma evidente hay una denominación de origen con una gran diferencia cualitativa con las demás, Côtes de Sambre-et-Meuse. Esta región tiene buenos suelos de viñedo y unas laderas expuestas al Sur que facilitan la maduración.

Mi productor favorito es Bon Baron, que aunque también hace vinos espumosos y blancos, me llamó la atención por su tinto de pinot noir, muy limpio, afrutado, fresco. Quizá no tan atractivo, pero muy original, es su tinto de la variedad acolon, que reconozco que no había catado nunca antes: de medio cuerpo, con fruto rojo de bayas, suave, muy agradable.

La Mazelle es quizá el más original de los productores, con un enfoque comunitario y social que sorprende en los países de tradición productora. La Mazelle es de hecho una asociación sin ánimo de lucro, que cuenta con el trabajo gratuito de muchos voluntarios y destina sus beneficios a obras sociales. El vino tinto es interesante, con un toquecito verde en nariz pero un paso de boca alegre y limpio y un bonito final.

Aunque pueda parecer que el frío clima belga es de mejor disposición para producir vinos blancos, lo cierto es que el vino de gran calidad viene solamente de los terruños más cálidos, y que hay todavía una mayoría de vinos bastante verdes. Bélgica nos ofrece dos grandes figuras, que tienen ya una dimensión internacional, los dos provenientes de la misma denominación de origen, Haspengouw.

Clos d’Opleeuw no es el más conocido, probablemente porque su volumen de producción es pequeño, pero es muy interesante. Su chardonnay es realmente elegante, muy expresivo y persistente, con una bella integración aromática del roble (francés y ¡belga!). Muchos borgoñas se atemorizarían de este vino.

El segundo es muy conocido y apreciado, Wijnkasteel Genoels-Elderen. Plantado en suelos calcáreos, con una gran capacidad técnica, cosecha desde hace años muchos parabienes dentro  y fuera de Bélgica. Prefiero su Chardonnay Blauw, un vino muy puro con un bello equilibrio, que su vino más famoso, el Chardonnay Goud, en mi opinión está demasiado marcado por la fermentación en barrica.

Los vinos espumosos

Pasemos a los vinos que más alegría dan a productores y consumidores belgas, los espumosos. Si tienen amigos belgas amantes del vino, no tardarán mucho en ofrecerles las diferentes cuvées Ruffus de Domaine des Agaises, un espumoso méthode traditionnelle extremadamente popular en Bélgica. Mi preferido es la Cuvée Seigneur Brut Sauvage, un blanc de blancs, puro chardonnay, muy preciso en su expresión frutal cítrica y un poco málica, con unos toques de lía elegantes. No muy complejo, pero muy agradable.

El chardonnay de Meerdael, un tanto más austero, tiene un punto de mineralidad que lo hace bastante original, canta sus orígenes norteños con honestidad y se deja beber a gusto. El Zilveren Parel de Genoels-Elderen es un espumoso bonito, de expresión muy bien cuidada, con el fruto limpio y los toques de levadura que lo hacen clásico, frutal al paso de boca y abierto en el final. Un vino comercial en el mejor sentido de la palabra, porque gusta a todos.

Termino con un vino que me emocionó, un vino que pienso que pone a Bélgica en el planeta de los grandes. Hablo del Fibonacci de Schorpion, un vino de enorme complejidad, adquirida indudablemente en larga crianza sobre lías, construida a partir de un fruto de acidez excepcional pero con la suficiente madurez para mostrar una estructura sólida en boca. El vino intriga en nariz, anima en el paso de boca y hace soñar en su final. Una gozada, al nivel de los grandes espumosos, muy recomendable.   

No creo que sea muy fácil encontrar vinos belgas en España, pero les sugiero que consulten estas recomendaciones en sus viajes a Bélgica. Son experiencias que valen la pena, y como se dice que donde vayas bebe lo que hagan, pues ya tienen buena excusa para pedir vino belga en Bélgica, que no solo de cerveza vive el hombre. 

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